Una misa con Saliquet


                         Cuando llegaba el verano y el General Saliquet estaba en Fiñana la misa de doce del domingo era diferente a las demás.
                         Aunque la casa del General estaba a menos de doscientos metros de la iglesia, este iba a misa en coche. Y con conductor y todo.
                         Las mujeres iban entrando a la iglesia según llegaban pero los hombres esperaban en la puerta hasta que llegaba el General.
                         Cuando lo hacía, el alcalde se lanzaba a abrir la puerta al general. Este bajaba y, con sus grandes bigotes y aire marcial, dirigía la mirada de aprobación a todos los asistentes mientras el chófer abría la puerta de la generala. Después entraban en la iglesia mientras los hombres, con las gorras quitadas, saludaban doblando el espinazo y algunos mantenían el brazo en alto. Y si era el 18 de Julio, cantaban el "caralsol".
                         En la iglesia, en primera fila, ponían dos sillones enormes donde se sentaba el General y su esposa.
                          Cuando empezaba la misa los niños comenzaban a tomar poco a poco posiciones cerca de la ilustre pareja pues verdaderamente, en esa zona, era donde iba a suceder el prodigio de los prodigios. La maravilla de las maravillas. Lo que hacía que las misas del verano fueran diferentes a las demás...
                          Y llegaba el Ofertorio. El monaguillo cogía el cestillo mientras le temblaban las piernas de la emoción según se acercaba al General. El cura -entonces se decía la misa de espalda a los fieles- volvía con disimulo la cabeza para no perderse tan importante momento.
                          Cundía la expectación entre los niños que habían logrado alcanzar la posición adecuada y se daban algún empujón que otro.
                           El monaguillo ponía el cestillo delante del General y este depositaba...
 ¡¡¡un billete de veinte duros!!!              ¡¡¡OOOOOH!!!...
Yo, que logré verlo, así lo cuento.

 
ANDRÉS SALIQUET ZUMETA (1877-1959)
     General de división de Infantería. Participó en las campañas de Cuba y Marruecos. Al proclamarse la República intervino en una serie de conspiraciones contra el nuevo régimen encargándose de sublevar la plaza de Valladolid, lo que consiguió. Al constituirse en Burgos la Junta de Defensa Nacional fue nombrado miembro de la misma y en septiembre de 1936 formó parte del grupo de generales que eligió al general Franco. Durante la guerra desempeñó los cargos de jefe del I Cuerpo de Ejército y después el de jefe del Ejército del Centro hasta el final de la guerra. Ya en tiempos de paz fue ascendido a teniente general encargándose de la Capitanía General de Madrid y más tarde de la presidencia del Consejo Supremo de Justicia Militar. 
      En 1943 firmó junto a otros generales una carta al general Franco aconsejándole que instaurara la monarquía. Murió en 1959.

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